La Iglesia Católica enseña:
1 Que existe un lugar de purificación para los difuntos que mueren con pecados veniales, y para los que, aunque perdonados sus pecados mortales, no han satisfecho a Dios debidamente por ellos.
2 Que por medio de piadosos oficios fúnebres puede acortarse la estancia de estos difuntos en dicho lugar de tormento.
El Santo Evangelio dice:
Que hay un cielo y un infierno; pero no se encuentra en toda la Sagrada Escritura ni una palabra acerca del purgatorio.
La purgación de los pecados se atribuye única y exclusivamente al Señor Jesús, según consta en los siguientes textos:
“Quien haciendo la purgación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:3). La Sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado. (1ª Juan 1:7).
Es hacer una gran afrenta a la gracia de Dios creer que él perdona solamente una parte de la culpa del pecado, y que el mismo pecado, una vez perdonado, tiene que ser expiado con alguna pena por parte del pecador. En la parábola del hijo pródigo no se dice que el padre perdonó al hijo y lo castigó acto seguido, para que satisficiera los pecados perdonados anteriormente, sino que hizo fiesta en casa. (Lucas 15:11-32)
Al ladrón en la cruz tampoco se le exigió otra purificación que la que el mismo Señor Jesucristo estaba haciendo con su sangre preciosa derramada en el Calvario; pues a pesar de confesarse el mismo tan grande pecador, el Señor le dice: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lucas 23:41-43)
El autor de la epístola a los Hebreos dice que el Señor Jesús “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que ha santificado”.
(Hebreos 10:14) Frente a este texto tan claro de la Sagrada Escritura, ¿en qué lugar queda el dogma del reato del pecado y la necesidad de su purificación en el purgatorio?
En más de veinte cartas apostólicas que se conservan, jamás se recomienda una oración para los fieles difuntos. ¿No sería esto un olvido grave por parte de los apóstoles, si ellos hubiesen conocido la existencia de este lugar de tormento? Pero es evidente que ellos no creían en semejante dogma, pues el apóstol san Pablo afirma que los que mueren en Cristo van a disfrutar inmediatamente de su presencia (Filipenses 1:23 y 2ª Corintios 5:8). Y ya sabemos que, según las enseñanzas de la Iglesia Romana, aun cuando el alma muera en gracia de Dios, es muy extraño que no le queden pecados veniales o algún resto de culpa que debe de ser expiado en el purgatorio. ¿Quién inventó el purgatorio? ¿Quién inventó los pecados mortales y veniales? ¿Porqué los pobres han de tener también desventajas para ir al cielo por no poder pagar los santos oficios?
San Agustín escribe: “La fe católica, descansa sobe la autoridad divina, cree que el primer lugar es el reino de los cielos y el segundo el infierno; desconocemos por completo un tercero”.
En un comentario acerca del pasaje 1.ª Corintios 3:13, declara enfáticamente que aquel fuego purificador que los actuales comentaristas católicos suelen identificar con el purgatorio no es otra cosa que las tribulaciones de ésta vida; y añade:
“No es increíble que algo semejante suceda después de esta vida, y puede investigarse si es manifiesto o no que algunos fieles se salven a través de un cierto fuego purificador.”
La opinión de los paganos.
Si bien no se encuentra en la Santa Biblia el dogma del purgatorio, podemos reconocer su origen recordando que era una creencia entre las religiones paganas.
Platón, hablando del juicio futuro de los muertos, afirma que, “de aquellos que han sido juzgados, algunos deben primeramente ir a un lugar de castigo donde deben de sufrir la pena que han merecido.”
Esta doctrina resultaba muy provechosa para los sacerdotes paganos, porque era la base de sufragios piadosos por los difuntos.
Tal eran las ideas de los paganos a los cuales les fue predicada la doctrina cristiana. No es de extrañar que muchos cristianos, imbuidos de estos pensamientos, al aceptar la nueva fe empezaron a orar por sus difuntos y a recomendar esta clase de oraciones, pero no sin tener la oposición de muchos cristianos piadosos que condenaban totalmente al orar por los que, según la Escritura, descansan en sus trabajos.
Si oramos por los difuntos: ¿Para qué murió Jesús en la Cruz? ¿Quién pretende engañarnos?
Si las almas, según afirma san Agustín, son clasificadas al morir de acuerdo con la elección que hicieron mientras vivían en la carne, todo depende de esta elección. No necesitan las oraciones y sufragios, que sus deudos podrían olvidar. Si cuando vivían merecieron el favor divino lo tendrán; sin que Dios lo retenga hasta que se produzcan los tales sufragios, lo que sería una tremenda injusticia imposible de concebir en un Dios justo.
Desconocemos como Dios va a juzgar los seres humanos en la otra vida. Lo único que nos enseña Jesucristo es que será de acuerdo con diversos grados de responsabilidad según su conocimiento de la voluntad de Dios al cometer el mal; pero no se da en la Sagrada Escritura la menor idea de que podamos beneficiarles ni por ofrendas ni por oraciones.
San Juan Crisóstomo declara: “En donde hay gracia hay remisión, no hay castigo.” El mismo san Bernardo, en tiempo más posterior, cuando el dogma del purgatorio se había abierto mucho camino, dice: “Dios obra con liberalidad. El perdona completamente.”
San Isidoro de Sevilla, en el siglo VIII, escribe: Ofrecer el sacrificio para el descanso de los difuntos, rogar por ellos, es una costumbre observada en el mundo entero. Por eso creemos que se trata de una costumbre enseñada por los mismos apóstoles.”
Nótese la debilidad de esta afirmación: “Creemos que se trata”, no sabemos, ni estamos seguros “. Que tal tendencia y costumbre provienen de muy antiguo, no lo pretendemos negar, pues la doctrina pagana al respeto es más antigua que el mismo cristianismo; pero lo cierto es que no se halla tal enseñanza en los escritos que poseemos de los mismos apóstoles en el Nuevo Testamento.
Los católicos suelen aportar como prueba de la existencia del purgatorio algunos textos bíblicos que no tienen valor alguno para tal objeto. Veámoslos:
El primero que cita (pues es el único texto de su Biblia que expresa claramente una idea de purificación después de la muerte llevada a cabo por medio de ofrendas desde la tierra) es un pasaje del 2º libro de los Macabeos, cap. 12:43-46, donde se lee:
Entonces Judas Macabeo, “habiendo mandado hacer una colecta, reunió hasta dos mil dragmas de plata y los envió a Jerusalén para que se ofreciese un sacrificio expiatorio: bella y noble acción, inspirada en el pensamiento de la resurrección, era superfluo y ridículo orar por los muertos. Pensando, pues, que hay una recompensa reservada a los que mueren piadosamente –santo y piadosamente - , hizo un sacrificio expiatorio por los muertos, para que se les perdonase su pecado”. (vv 43:45).”
Este texto probaría algo si se hallase en la Biblia canónica, es decir, en los escritos sagrados que Jesucristo y sus apóstoles consideraron como Palabra inspirada de Dios; pero desafortunadamente es sacado de un libo apócrifo del cual no se encuentra ninguna sola cita en el Nuevo Testamento; libro que fue definitivamente añadido a la Biblia Católica en el Concilio de Trento por el Decreto De Canonicis Scritures, el 8 de Abril de 1546, a fin de tener un libro en la Biblia que apoyara la doctrina romanista del purgatorio, y sobre todo las indulgencias, con tanto éxito combatidas en aquel tiempo por la Reforma.
Con relación a las indulgencias y misas aplicadas, la Iglesia Romana enseña dogmáticamente, aun cuando en la práctica trate de atenuar esta doctrina desde el Concilio Vaticano segundo: Que existe un tesoro de obras supererogatorias, o sea, que sobraron a los santos para obtener la gloria, cuyo mérito puede ser aplicado por el papa y los obispos a los católicos que se hacen acreedores a ello por medio del cumplimiento de ciertos actos de piedad o de donativos a la Iglesia.
Asimismo el sacrificio de la santa misa puede ser aplicado: a favor de los vivos, para obtener favores especiales; y a determinadas almas, para acortar su estancia en el purgatorio, según la intención que los interesados dediquen a las misas, pagando por ellas con arreglo a la tarifa establecida.
Pero el Santo Evangelio declara: Jesucristo, dirigiéndose a los discípulos que envió a predicar, les dice: “Graciosamente recibisteis, dad graciosamente”. ( Evangelio S. Mateo 10:8)
El Apóstol san Pedro reprende a Simón el mago, diciéndole: “Tu dinero sea contigo en perdición, porque has creído que el don de Dios se alcanza con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este ministerio, porque tu corazón no es recto delante de Dios”. (Hechos de los Apóstoles 8:20 – 21). En su 1ª Epístola, 1:18, dice: “ Sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra mala conducta, no con cosas corruptibles, como oro o plata sino con la sangre preciosa de Cristo.”
El Apóstol san Pablo declara: “Porque de gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros; porque es un don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8 y 9)
Es evidente que si nadie puede ser salvo por sus propias obras, como en este y otros tantos lugares, declara la Palabra de Dios, a nadie pudieron sobrarle obras; ni ello es concebible teniendo en cuenta que la salvación del alma por toda la eternidad tiene un valor infinito que ninguna clase de obras o esfuerzos humanos puede llegar a compensar plenamente. No existe, pues, tal imaginario depósito de obras de supererogación, y el admitir o pedir donativos a base de semejante supuesto, ya sea para el sostenimiento de los ministros de la iglesia o para la más loable obra de beneficencia que realizase pudiera, es caer de lleno bajo el anatema de san Pedro en su reprensión al mago de Samaria.
La salvación del alma por la fe es un don de Dios y que no puede ser ganado en modo alguno por buenas obras, no es un invento de hombre alguno, sino que llena las páginas de los escritos apostólicos.
Recomendamos a los lectores que lean y mediten las cartas del apóstol san Pablo a los Romanos, Gálatas y Efesios, así como la epístola a los Hebreos, y se convencerán de que no hay doctrina más cierta ni más consoladora en la Palabra de Dios. ¡Pobres de nosotros si nuestra salvación dependiera de nuestros esfuerzos o de nuestro poder económico!. ¡Todos los pobres irían al infierno y los ricos todos se salvarían, entretanto que los “salvadores” se enriquecerían más!. ¡Y más felices, mil veces, si a la fe sincera añadimos un buen caudal de buenas obras, para que al privilegio de nuestra entrada en la gloria, que nos fue ganada completamente por el sacrificio redentor de Cristo, podamos ver añadida una abundante recompensa, fruto de nuestras obras buenas!. En ello consisten aquellos “tesoros en el cielo” que Cristo mismo nos exhorta a procurar.
Pero los teólogos de la Iglesia de Roma, de tiempos pasados, temerosos de que la doctrina primitiva de la salvación por pura gracia, que hallamos casi en cada página del Evangelio y en los escritos de los padres de los tres primeros siglos y que tan admirablemente expone y defiende san Agustín, independizara demasiado a los fieles de su sumisión a la curia eclesiástica, inventaron otra doctrina de la salvación atribuyéndola teóricamente a la obra redentora de Cristo, y prácticamente al mérito de las buenas obras de cada fiel. Es decir, que los méritos de Cristo no son aplicados sino a los que se hacen acreedores a ello ganando de nuevo su salvación con sus obras meritorias; y no solamente por las propias, sino por la de otros miembros de la Iglesia más elevados en santidad, mediante el llamado “tesoro de las indulgencias”.
De éste modo la obra redentora de Cristo carece de valor, se desdora, y por ende, la gratitud que está destinada a producir en los corazones de los redimidos, de las dos siguientes maneras:
1-Por propia vanagloria. Ningún fiel podría entonar con el debido fervor el glorioso cántico que elevan los redimidos en la gloria: “Al que nos amó y nos ha lavado de sus pecados con su Sangre” (Apocalípsis 1:5 y cap. 5 verso 9), si tales redimidos que lo entonan tuvieran que estar sintiendo en el fondo de sus conciencias: “Si es cierto que me fue aplicada la obra redentora de Cristo, pero bastante costó persuadir a Dios que lo hiciera: muchos años de sacrificio en la tierra, y luego muchos más de sufrimiento en el purgatorio. Cristo me salvó teóricamente; pero real y efectivamente fui yo mi propio salvador” Pues este es cabalmente el caso, de ser cierta la teoría Católica Romana en cuanto a la salvación del alma.
2-Distribuyendo y encauzando una parte de la gratitud que al único Salvador se debe, a otros salvadores o cooperadores en el supuesto “proceso de salvación”.
Ello resulta evidente si los méritos de los santos y de la Virgen María son aplicados a los fieles mediante las indulgencias De éste modo Cristo no resulta un salvador completo y perfecto, como se nos enseña en todo el Nuevo Testamento (véase Hebreos 10:14), sino que vendría a ser un medio salvador, cuya obra queda insuficiente y ineficaz, de no ser, de no ser los otros mediadores y cooperadores que se interponen en el camino, ayudando al pecador a hacerse digno de la salvación. En otras palabras: a ganar de nuevo, con sus propios méritos y los ajenos, lo que teóricamente se dice haber sido ganado por Cristo.
Esta es la principal diferencia entre el cristianismo puro, auténtico, de Jesucristo, de los apóstoles, de los santos padres, de san Agustín, y de Lutero, y de la doctrina clerical de Roma de la salvación mediante las obras humanas.
Haciendo decir a la Biblia lo que no dice:
Para que nuestros lectores puedan darse cuenta del apuro en que se han encontrado los teólogos romanistas, para hacer decir a la Sagrada Escritura lo que ellos quisieran que dijera acerca de ésta doctrina, y para demostrarles al propio tiempo el poco escrúpulo de algunos de sus traductores, vamos a copiar un mismo pasaje de dos Biblias católicas modernas.
Debemos de advertirles que las palabras que aparecen en negrita, en una de estas dos traducciones, no se hallan en el original griego; pero fueron añadidas por el traductor:
Muy Reverendo obispo Torres Amat, a fin de acomodar el texto bíblico a la doctrina de su iglesia. Nácar y Colunga, en cambio, fueron más honrados, traduciendo lo que escribió el apóstol san Pablo, sin añadir palabra alguna.
Traducen Nácar y Colunga:
“A fin de mostrar en los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús. Pues de Gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, es don de Dios; no viene de las obras, para que nadie se gloríe; que hechura suya somos, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para que en ellas anduviésemos “. (Efesios 2:7-10).
Traduce Torres Amat:
“Para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de sus gracias, en vista de la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo. Porque de pura gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, siendo como es un don de Dios; tampoco en virtud de vuestras obras anteriores, puramente naturales, para que nadie pueda gloriarse. Por cuanto somos hechura suya, en la gracia como lo fuimos en la naturaleza, criados en Jesucristo para obras buenas preparadas por Dios desde la eternidad para que nos ejercitemos en ellas y merezcamos la gloria. (Efesios 2:7-10).
Cualquier lector atento puede darse cuenta en la contradicción que incurre Torres Amat entre la expresión “pura gracia” y para que nos ejercitemos en ella y merezcamos la gloria; así como de su poca escrupulosidad en añadir palabras, y aún frases enteras, que no se encuentran en el original.
El honesto lector se dará cuenta de que no es así comparando estas dos traducciones católicas con nuestra más generalizada versión, de uso común en todas las iglesias evangélicas.
Las indulgencias destruyen la verdadera devoción:
El sistema de indulgencias, según muchos católicos, destruye enteramente todo lo espontáneo y voluntario de la limosna y de la oración, sin lo cual ningún servicio puede agradar a Dios, quien ama a quien alegremente da (2ª Corintios 9:7). El referido sistema presupone que algunas personas no orarán ni darán limosnas para objetos sagrados si no son obligados por el estímulo de la tarifa de indulgencias que, con sus obras, han de obtener; de modo que la oración y la limosna en lugar de ser una ofrenda voluntaria, se convierte en una ridícula pretensión de hacer transacciones mercenarias con el todo Poderoso.
Las indulgencias contradicen la doctrina del purgatorio:
La teoría católica del purgatorio afirma que en este lugar de tormento se purifican las almas para poder entrar en el cielo. Nos es muy difícil aceptar que un purgatorio como el descripto por la Iglesia Romana, lugar de terribles tormentos. sea escuela a propósito para hacer buenos ciudadanos del reino de los cielos, agradecidos y amantes del padre celestial. Pero, suponiendo que hubiese tal lugar de expiación, cualquiera que sea la disciplina allí vigente, sacar las almas antes del período determinado por Dios habría de serles perjudicial, a no ser que aceptemos que la Iglesia Católica Romana sea más misericordiosa que el mismo Dios, y que ella, por decirlo así, rescata las víctimas de su mano.
Supongamos un caso en las circunstancias humanas. ¿Qué opinión formaríamos de una sociedad que tuviese por objeto sacar a todos los muchachos recluidos en una casa de corrección, antes de que recibiesen la corrección o instrucción para la cual habían sido internados?
Por otra parte, ¿Habría justicia en el cielo si un alma, por haber sido pobre en vida, o bien por descuido o mala voluntad de los poseedores de sus bienes en la tierra, tuviera que permanecer penando por largos años en el purgatorio, mientras otros pueden recibir auxilio por medio de un dinero, tal vez fruto del pecado?
Desearíamos que el lector se hiciese esta pregunta y tratara de responderla con sinceridad.
Algunos católicos dicen, al presentarles esta candente cuestión, que Dios es justo y quizás reparta el bien que se hace por las almas según el mérito de estas, y no según la intención del que manda los píos sufragios. Pero ésta no es la doctrina de la Iglesia, y en tal caso resultaría un engaño y una estafa para los fieles que pagan a beneficio de un alma determinada, sea padre, esposo, hijo, etcétera. No, no podemos justificar así a nuestro amado Señor del descrédito que significa para la religión cristiana tal clase de enseñanza, sino dándonos cuenta y proclamando como es debido que no es el misericordioso, fiel y justo Señor y Redentor de nuestras almas el autor de semejante. Ya existen demasiadas indulgencias aquí en la tierra para que pretendamos llevarlas también al Cielo. Imitemos a Cristo y a sus Apóstoles y no juguemos con cosas tan serias.
Las indulgencias y misas aplicadas.
La Iglesia romana enseña dogmáticamente aun cuando en la práctica trate de atenuar esta doctrina desde el Concilio Vaticano II.
Que existe un tesoro de obras superoregatorias, o sea, que sobraron a los santos para obtener la gloria, cuyo mérito puede ser aplicado por el papa y los obispos a los católicos que se hacen acreedores a ello por medio del cumplimiento de ciertos actos de piedad o de donativos a la Iglesia.(Código del Derecho Canónigo, libro III, cap. 5. ap. 911)
Así mismo el sacrificio de la santa misa puede ser aplicado; a favor de vivos, para obtener favores especiales; y a determinadas almas, para acortar su estancia en el purgatorio, según la intención que los interesados dediquen a las mismas pagando por ellas con arreglo a las tarifas establecidas.
Pero el Santo Evangelio declara:
Jesucristo, dirigiéndose a los discípulos que envió a predicar, les dice: “Graciosamente recibisteis, dad graciosamente”. (Mateo 10:8)
El apóstol san Pedro reprende a Simón el mago, diciéndole: “ Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tú corazón no eres recto delante de Dios. (Hechos de los Apóstoles 8:20-21)
Y en su 1ª Epístola, cap. 1:8, dice: “Sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra mala conducta…,no con cosas corruptible, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo.”
El apóstol san Pablo declara: Porque de gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, porque es un don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. (Efesios 2:8-9)
Es evidente que si nadie puede ser salvo por sus propias obras, como en éste y tantos otros lugares declara la Palabra de Dios, a nadie pudieron sobrarle obras; ni ello es concebible teniendo en cuenta que la salvación del alma por toda la eternidad tiene un valor infinito que ninguna clase de obras o esfuerzos humanos pueden llegar a compensar plenamente. No existe, pues, tal imaginario depósito de obras de supererogación, y el admitir o pedir donativos a base de semejante supuesto, ya sea para el sentimiento de los ministros de la iglesia o para la más loable obra de beneficencia que realizarse pudiera, es caer de lleno en el anatema de san Pedro en su represión al mago de Samaria.
La salvación por la fe no es invento de los hombres.
La doctrina de que la salvación del alma es un don de Dios alcanzado por medio de la fe, y que no puede ser ganada en modo alguno por buenas obras, no es invención de Lutero, sino que llena las páginas de los escritos apostólicos. Se recomienda a los lectores que lean y mediten las cartas del apóstol san Pablo a los Romanos, Gálatas y Efesios, así como la epístola a los Hebreos, y se convencerán de que no hay doctrina más cierta ni más consoladora en la Palabra de Dios.
¡Pobres de nosotros si la salvación dependiera de nuestros esfuerzos o comportamiento!
¡Felices y dichosos si depende de la pura gracia de Dios, a pesar de nuestra debilidad, cuando de corazón aceptamos su don por la fe, apartándonos del mal. ¡Y más felices, mil veces, si a la fe sincera añadimos un buen caudal de buenas obras, para que el privilegio de nuestra entrada en la gloria, que nos fue ganado completamente por el sacrificio redentor de Cristo, podamos ver añadida una abundante recompensa, fruto de nuestras obras buenas!. En ello consiste aquellos “tesoros en el cielo” que Cristo mismo nos exhorta a procurar.
Pero los teólogos de la Iglesia de Roma, de tiempos pasados, temerosos de que la doctrina primitiva de la salvación por pura gracia, que hallamos casi en cada página del Evangelio y en los escritos de los padres de los tres primeros siglos y que tan admirablemente expone y defiende san Agustín, independizará demasiado a los fieles de su sumisión a la curia eclesiástica, inventaron otra doctrina de la salvación, atribuyéndola teóricamente a la obra redentora de Cristo y prácticamente al mérito de las buenas obras de cada fiel. Es decir, que los méritos de Cristo no son aplicados sino a los que se hacen acreedores a ello ganando de nuevo su salvación con sus obras meritorias; y no solamente por las propias, sino por las de otros miembros de la Iglesia más elevados en santidad, mediante el llamado “tesoro de las indulgencias!
Con todo ello se desdora y disminuye el valor de la obra de Cristo y, por ende, la gratitud que está destinada a producir en los corazones de los redimidos, de las dos siguientes maneras:
1ª Por propia vanagloria. Ningún fiel podría entonar con el debido fervor el glorioso cántico que elevan los redimidos en el gloria: “Al que nos amó y nos ha lavado de sus pecados con su sangre”
(Apocalípsis 1:5 y cap.5, vers. 9), si tales redimidos que los entonan tuvieran que estar sintiendo en el fondo de sus conciencias:
2ª Si, es cierto que me fue aplicada la obra redentora de Cristo, pero bastante costó persuadir a Dios que lo hiciera: muchos años de sacrificio en la tierra, y luego muchos más de sufrimientos en el purgatorio.
Cristo me salvó teóricamente; pero real y efectivamente fui yo mi propio salvador”. Pues éste es cabalmente el caso, de ser cierta la teoría Católica Romana en cuanto a la salvación del alma.
Distrayendo y encauzando una parte de la gratitud que al único Salvador, a otros salvadores o cooperadores en el supuesto “proceso de salvación”.
Ello resulta evidente, si los méritos de los santos y de la Virgen María son aplicados a los fieles mediante las indulgencias.
De este modo, Cristo no resulta un salvador completo y perfecto, como se nos enseña en todo el nuevo Testamento (véase Hebreos 10:14), sino que vendría a ser un medio salvador, cuya obra queda insuficientemente e ineficaz, de no ser los otros mediadores y cooperadores que se interponen en el camino, ayudando al pecador a hacerse digno de la salvación. En otras palabras: a ganar de nuevo, con sus propios méritos y los ajenos, lo que teóricamente se dice haber sido ganado por Cristo.
Esta es la principal diferencia entre el cristianismo puro, auténtico, de Jesucristo, de los apóstoles, y la doctrina clerical de Roma de la salvación mediante las obras.
El verdadero origen del papado:
Es triste tener que decirlo una vez más, pues no es grato herir los sentimientos de los fieles católicos que se imaginan algo tan diferente, ni tratar con menosprecio a algunos papas buenos que han existido; pero el verdadero origen del papado no radica ni en Cristo ni en el apóstol san Pedro, sino que, como otros tantos dogmas expuestos anteriormente, tiene como causa originaria las costumbres y prácticas del paganismo.
A este propósito dice el doctor Hislop: “El colegio de los cardenales, con el papa por cabeza, es justamente la contraposición del colegio pagano de los pontífices, con su “Soberano Pontífice”, que había existido en Roma desde los tiempos más remotos, y del cual se sabe que fue constituido según el modelo del gran concilio primitivo de los pontífices de Babilonia.”
Las dos llaves que el escudo papal ostenta son una exacta imitación de las llaves de Jano y Cibeles. Jano fue el dios de las puertas y goznes; y era llamado Patulcius y Clusius, “el que abre y cierra”.
El término “cardenal” proviene de cardo, o sea gozne. Afirmaba que esos dioses tenían “el poder de dar vuelta a los goznes. o sea abrir y cerrar.
El emperador romano era considerado Pontifex Maximus del paganismo, y como tal tenía que ser adorado. Miles de mártires dieron su vida por negar adoración a la imagen del Pontifex Maximus de la religión oficial del imperio romano.
Los emperadores persas y egipcios pretendían lo mismo, y a todos ellos se les consideraba infalibles, “por ser participantes de la naturaleza de los dioses”. De ahí que sus leyes no podían ser modificadas. Wilkinson dice que el rey de Egipto, como soberano Pontífice, “era reverenciado como representante de la divinidad en la tierra”.
Aun el detalle de los abanicos de plumas de pavo real, que acompañan a las sillas giratorias del papa, parece copiados de los Pontifex Maximus del mundo gentil.
Es inconcebible como tales atributos y tratamientos han llegado a ser aplicados a obispos o pastores de la Iglesia cristiana de Roma, la cual tuvo en su origen hombres tan evangélicos y humildes como Clemente, sin que su bondad les hiciera infalibles, como lo prueba ese obispo romano en su ilustración del ave fénix. Leyenda pagana que cita como un hecho real. Y si no fueron infalibles ellos, que vivieron tan cerca de la fuente de la revelación cristiana, ¿cómo pueden pretender serlo sus sucesores tantos siglos después?.
¿Es indispensable el papado en la Iglesia?
Dicen los católicos: Si en cualquier industria o asociación humana es indispensable una jefatura suprema, ¿cuánto más necesario no es en la Iglesia, sociedad espiritual?. ¿Podía Dios dejar al juicio privado de cada uno las normas y fe de conducta que los cristianos deben seguir?
¿Y no era indispensable que el jefe de la Iglesia fuera infalible para que, sin peligro de errar, pudiera guiar a todos los fieles por la senda de la verdad, a través de todos los tiempos?
A esto respondemos que nuestra fe no puede basarse sobre subjuntivos, sino sobre términos presentes y seguros. No se trata de lo que debería de ser o sería deseable que fuese, sino lo que es. Hay muchas cosas en el orden de la naturaleza que nos parecen debieran ser diferentes de lo que son; sin embargo; debemos de aceptar la sabiduría de Dios como superior a la nuestra en aquellas cosas que no comprendemos.
Si hubiera evidencias en la Biblia y en la Historia, de la existencia de un papado infalible, ningún empeño tendríamos en negarlo. Pero ¿Las hay? Ya hemos visto cuan difícil es conceder el atributo de infalibilidad que ocuparon la silla de Roma en la edad media. Y en cuanto a los mejores papas que han existido, la presunción de infalibilidad queda descartada al ver como se han equivocado a cada momento al dar su apoyo a causas políticas en las que nunca debieran de haber tomado parte; o al dar su bendición a aquello que Dios no quería bendecir; y su maldición a aquellos a quienes Dios a tenido a bien prosperar de un modo admirable.
Todavía es menos admisible que dos “infalibles” se contradigan entre sí; y, sin embargo, cuántas veces le ha faltado tiempo a un papa para deshacer la obra de su predecesor; y ello no solamente en los asuntos humanos, sino en otros de orden tan religioso y dogmático como los siguientes:
Gregorio I (578 A 590) llama anticristo a cualquiera que se diese el nombre de obispo universal; y Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador Focas a concederle dicho título.
Eugenio IV (1431 A 1438) aprobó la restitución del cáliz a la Iglesia de Bohemia; y Pío II (1458) revocó la concesión.
Sixto V (1585 a 1590) publicó una edición de la Biblia, y con una bula recomendó su lectura; más Pío VII condenó a todo aquel que se atreviese a leer la Biblia por sí mismo.
Clemente XIV (1700 a 1721) abolió la Compañía de los jesuitas, autorizada por Pablo III; y Pío VII la restableció.
La lista podría ser casi interminable; pero ¿para qué?
Estamos persuadidos de que si nuestro Señor Jesucristo hubiese juzgado necesario tener un representante visible en la tierra lo hubiera expresado de un modo que no dejara lugar a dudas; como nos declaró, por ejemplo, el secreto de su segunda venida, la ruina de Jerusalén o la extensión del Evangelio a todos los países del mundo. Luego, habría hecho que los hombres verdaderamente santos e infalibles ocuparan siempre tan alto sitial. Cuando así no ha sido, es porque se reservaba a sí mismo, por su Santo Espíritu, la dirección de la Iglesia.
Indudablemente, Dios quiere, en esta época de prueba para el mundo, que andemos por fe; y un papado infalible hubiera requerido un milagro constante, incompatible con el régimen que el mismo Señor Jesucristo preconizó al incrédulo Tomás, diciéndole: “Bienaventurados los que creerán sin ver” Se ha dicho, con razón, que un papa verdaderamente infalible se habría hecho tan evidente en un mundo de hombres falibles que no habría ningún ateo, pagano o protestante capaz de negar su autoridad.
Un auténtico seguidor de Cristo no se crea ídolos humanos ni se forja ilusiones de privilegios que la realidad desmiente. Creemos que no debe ser indispensable un jefe infalible para la Iglesia cuando Dios no nos lo dio. El Dios que ha puesto una variedad en la naturaleza y que nos ha ocultado por un tiempo sus secretos para que los hombres los vayan descubriendo por sí mismos, quiere también, el dominio espiritual, que los hombres anden por si mismos, usando su buen sentido para interpretar los escritos inspirados que nos dejaron sus santos apóstoles y profetas. Estos escritos no son, en modo alguno, oscuros ni propensos a hacer errar en todo aquello que es indispensable y básico para nuestra fe.
Ventajas y peligros del sistema romano:
Que el reconocimiento de una autoridad jerárquica, también organizada como la posee la Iglesia Católica Romana, puede tener ciertas ventajas para una gran iglesia en el aspecto material, no vamos a negarlo; pero tiene también muchas desventajas, sobre todo en dos aspectos siguientes:
1º Mata el estímulo para la búsqueda de la verdad y de la voluntad de Dios, según la tenemos revelada en la Sagrada Escritura. La filosofía religiosa no tiene ninguna razón de ser si un representante de Dios en la tierra puede declarar el pensamiento divino en todos los asuntos de fe.
Los grandes filósofos del cristianismo podían ahorrarse el trabajo de pensar y de escribir si, mientras ellos trataban de hilvanar lógicamente los misterios de la religión, un hombre inspirado, desde la silla romana, podía declararles la verdad sin error posible. La misma ciencia debe de andar con mucho cuidado para no chocar con semejante atributo del supuesto representante de Cristo en la tierra. (El papa no fue declarado infalible hasta el año 1870; pero como quiera que el espíritu que se plasmó en la declaración del dogma existía desde mucho antes, ello dio lugar a errores como el de la condenación de Galileo, que los apologistas católicos se ven apurados para justificar.
Es tan fuerte el compromiso en que se encuentran hoy día e catolicismo romano para salvar el dogma de la infalibilidad, que ya empieza a tambalear, sobre todo desde el concilio. El nuevo Catecismo Holandés afirma que “el papa solo puede declarar lo que la Iglesia Universal cree; expresión muy ambigua, pero que difiere mucho del tono con que hasta ahora se había venido hablando del papado).
El Obispo misionero Holandés F. Simons, en su libro Infalibilidad y evidencia (traducido y publicado en Barcelona en 1970), niega rotundamente la infalibilidad, tanto del papa como de la Iglesia, asegurando que solo la Palabra de Dios es infalibre y que, la prerrogativa de la Iglesia no es infalibilidad, sino fidelidad.
Coarta la iniciativa individual en el trabajo cristiano. El sacerdote católico trabaja siempre bajo el temor de merecer la censura de un obispo aun en aquello realizado con la mejor intención; y éste no se siente menos acobardado ante la autoridad superior en sus mejores propósitos y empresas. El cristianismo evangélico trabaja con mucho más libertad, y su diversidad le sirve de estímulo y de emulación para toda clase de labor cristiana. En estos últimos tiempos se está formando en las iglesias evangélicas una corriente, cada vez más fuerte, que tiende a fomentar una unidad cristiana que no ponga ataduras al pensamiento religioso y armonice el trabajo misionero.
Este mismo ideal de armonía, dentro de la más alta libertad cristiana, es lo que encontramos en la simple y autónoma organización eclesiástica de las iglesias apostólicas y en la ejecución de sus empresas misioneras. Y en estas iglesias apostólicas y sus sucedáneas no encontramos una organización clerical tan fuerte como en la romana, y mucho menos, como ya hemos demostrado, vestido de un papado infalible.
Las Sagradas Escrituras y la tradición.
La Iglesia Católica Romana ha venido declarando durante siglos:
“Que ningún hombre ose poseer una Biblia sin licencia del obispo”. (Concilio de Trento). Es un error escandaloso sostener que todos pueden leer las Sagradas Escrituras” (Bula Unigenitus de Clemente XI). “Dar la Biblia a los legos es echar perlas delante de los cerdos. Las traducciones de la Biblia a las lenguas del pueblo han hecho muchísimo daño” (palabras del Cardenal Osio).
El Santo Evangelio dice:
“Escudriñar las Escrituras, en las que vosotros creer tener la vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39)
Mirad que ninguno os engañe con filosofías y vanas sutilezas según las tradiciones de los hombres… y no según Cristo”. (Colosenses 2:8).
“Y vosotros, por qué traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición…?. En vano me honran enseñando doctrinas y mandamientos de hombres”. (Mateo 15:4-9).El autor de los Hechos dice de ciertos oyentes: “Y estos eran más nobles que los de Tesalónica; pues recibieron la Palabra con toda afirmación, escudriñando todo el día atentamente las Escrituras si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
San Juan Crisóstomo dice: “Pone en gran peligro en gran peligro la propia salvación aquel que ignora las Sagradas Escrituras. Esta ignorancia ha introducido el desorden y la corrupción en la Iglesia”.
San Hilario declara: “La Palabra de Dios ha sido dirigida a todos, y debe ser tocante a nuestros pasos como una lámpara ardiente”.
San Agustín afirma, al igual que los cristianos evangélicos de tiempos posteriores: “Nada más queremos oír de “Tú dices y yo digo”, sino oigamos el “Así dice el Señor”. Indudablemente, existen libros del Señor a cuya autoridad ambos damos nuestro consentimiento, sumisión y ocasión; en ellos, pues busquemos la Iglesia y en ellos discutamos nuestra disputa.”
A pesar de estos testimonios tan claros acerca de la autoridad.
doctrinal de la Sagrada Escritura, los teólogos católicos, para justificar la existencia en su Iglesia de prácticas y doctrinas paganas, cuyo origen no puede hallarse en la Sagrada Escritura Santa, arguyen que tales enseñanzas, como la del purgatorio, la adoración a los santos, la supremacía papal, etc., pudieron haber sido dadas de palabra por los apóstoles y transmitidas por tradición oral a la Iglesia.
Para que así fuese, serían necesarias tres cosas:
1ª Que tales doctrinas no se hallaren en oposición con las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles consignadas en el Nuevo Testamento; Pues aun cuando pudo haber habido una ampliación oral, no es presumible que la doctrina enseñada de palabra por los apóstoles se hallara en ningún punto en contradicción con la doctrina que nos dejaron escrita.
2ª Que desde el primer siglo halláramos entre las iglesias cristianas un unánime consentimiento por precepto y práctica a favor de las referidas doctrinas; las cuales, si llevaban la autoridad apostólica desde el mismo origen del cristianismo, no podían ser de ningún modo objeto de discusión, como no lo han sido aquellas otras de carácter evidente, y no metafísico, que se hallan claramente enseñadas en el Nuevo Testamento.
3ª Que la misma alegación que hoy presentan los católicos de que habían sido recibidas dichas doctrinas por tradición oral fuera hecha desde el principio, de un modo unánime, en los escritos religiosos de los primeros siglos
En lugar de hallarnos, como ya hemos demostrado en los capítulos respectivos, una fuerte oposición en contra de tales doctrinas desde que se iniciaron en siglos diversos hasta que fueron recibidas como dogmas, muchos siglos después; al propio tiempo que constatamos de parte de los principales padres de la Iglesia una adhesión tanto o más fuerte que la de los mismos protestantes hacia el Nuevo Testamento como absoluta e indiscutible regla de fe.
La manoseada excusa de la tradición oral para justificar ciertas prácticas y dogmas que no se hallan en el Nuevo Testamento no tiene pues, base ni razón, antes bien, nos recuerda las severas palabras de Cristo a las autoridades religiosas de los judíos, que habían recurrido al mismo proceder para justificar aquellas practicas y leyes injustas que no tenían su origen en la Ley de Moisés: “Habéis invalidado - les dice- el mandamiento de Dios por vuestra tradición.”
La doctrina del limbo y la regeneración del bautismo:
La Iglesia Católica trató de suavizar la idea de condenación universal de los no responsables creando un nuevo lugar intermedio –además del purgatorio, el limbo: Un lugar donde, según los teólogos católicos, no hay dolor, pero tampoco el goce de la presencia de Dios y de la compañía de los redimidos por Cristo.
Si Cristo hubiese sabido algo a cerca de ese limbo, del cual nos hable la Iglesia Católica, lo haría indicando cuando bendijo a los niños. Es natural que hubiese dicho: “De los tales es el reino de los cielos, siempre que por el citado bautismo hayan sido limpiados del pecado original.” El afirmar que un niño es apto para entrar en el reino de los cielos, sin poner ninguna condición previa, habría sido inducirnos a error, caso que la doctrina del limbo fuese una realidad; y esto nunca lo habría hecho el Salvador.
¿Qué debemos pensar, pues, acerca del pecado original? ¿No es cierto que todos nacemos con tendencia al mal?
¿Qué ocurre con los que mueren sin haber sido limpiados de esa maldad natural por medio del bautismo?
La Sagrada Escritura enseña ciertamente que todos somos pecadores por naturaleza; y la experiencia de la humanidad lo demuestra con bastante evidencia. Por esto, todos necesitamos la regeneración que el Santo Espíritu de Dios puede obrar en nuestras almas; porque: “El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios”. (Juan 3:2).
La gran cuestión que se discute entre las iglesias evangélicas y la católica es si la regeneración ha de considerarse un acto voluntario; si tiene que atribuirse al bautismo o a la fe.
La regeneración, o sea, el nuevo nacimiento a que se refería nuestro Señor Jesucristo, debe ir precedido por la conversión. Esta es la respuesta del alma a la invitación de Dios en su Evangelio. Ha de llegar momento en que el pecador, sintiéndose necesitado de salvación, se vuelva a Dios el Padre, como el Hijo pródigo de la parábola, para recibir el perdón de los pecados y nueva virtud para vivir una vida cristiana digna. Esta decisión personal es indispensable, tanto a los hijos de familias cristianas como a los ateos paganos; ya que la religión es una relación personal del alma con Dios. Nadie puede imponerla a otro, pues en tal caso no sería religión, sino una vana apariencia de religiosidad.
Que el nuevo nacimiento es un acto voluntario y no impuesto lo declara el mismo apóstol san Pedro cuando escribe: Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino por la Palabra de Dios, que vive y permanece para siempre” (S. Pedro 1:23). De éste texto sagrado se desprende que quien no es apto para recibir, comprender y creer la Palabra de Dios, no es capaz de nuevo nacimiento. Un niño de pocas semanas no puede comprender la Palabra de Dios; de ahí que no pueda nacer de nuevo hasta que tiene uso de razón.
La misma doctrina es declarada, por el apóstol san Juan cuando dice: “Mas a todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios”. (San Juan 1:12 y 13). Si solamente son hechos hijos de Dios, “los que creen en su nombre, ¿cómo se atreve la Iglesia Católica a decir que venimos a ser hijos de Dios por el bautismo, impuesto a los recién nacidos? A esto suelen argüir los católicos: “Si solamente podemos llegar a ser Hijos de Dios por medio de la fe ¿qué sucede con los que mueren antes de llegar a la edad de poder creer?
La respuesta no es difícil. Si el pecado original es una herencia de quienes nos legaron nuestros cuerpo físico y este cuerpo fallece antes de que el alma haya podido caer voluntariamente en pecado, por no haber llegado a tomar control del ser físico al que fue unida, no puede ser considerada culpable, ni debe de ser privada de las glorias del cielo por la falta de haber animado por unas semanas, meses o años a un ser con tendencia pecaminosa, pero que jamás llegó a pecar voluntariamente. El Señor Jesucristo declaró de un modo enfático y que no deja lugar a dudas, que “de los niños es el reino de los cielos”. Está bien claro, pues, que cuando Jesús afirmaba que sin nuevo nacimiento nadie puede entrar en el reino de Dios, se refería a los seres humanos que han pecado voluntariamente y no a niños inocentes, cuya aptitud para el reino ya había él antes declarado.
De ahí que el bautismo tenga un significado diferente para los cristianos evangélicos del que tiene para los católicos.
Los primeros obispos de Roma no fueron papas, ni pretendieron ser infalible; y muchos de los que después se arrogaron el título, ni fueron santos, ni infalibles, ni siquiera verdaderos obispos de la Iglesia de Dios.
Existen muchas pruebas de que los primeros obispos de Roma no pretendieron el papado para sí mismos, aun cuando el hecho de ser obispos en la Sede del Imperio de Roma les confería cierta dignidad y respeto de parte de los demás obispos de la cristiandad.
Esto demuestran las mismas pastorales de los primeros obispos romanos, tales como la carta de Clemente a los corintios en la cual no aparece ninguna pretensión de poder o dominio sobre los demás obispos.
Cuando empezó a debatirse la cuestión de la dignidad de los patriarcas u obispos de las grandes capitales del Imperio, Teodosio II hizo una ley por la cual estableció que el patriarca de Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma. Los padres del concilio de Calcedonia colocan a los obispos de la antigua y nueva Roma en la misma categoría en todas las cosas, aun en las eclesiásticas.
El VI concilio de Cartago prohibió a todos los obispos se abrogasen el título de obispos, u Obispo Soberano.
Ni Teodosio, ni los padres de Calcedonia, ni los de Cartago se hubieran atrevido atentar contra las prerrogativas del Obispo de Roma, si éstas hubiesen sido de origen divino y reconocidas universalmente por la iglesia desde el principio del cristianismo, en lugar de ser una cuestión de mera dignidad humana, como ellos lo entendieron.
Algunos años más tarde, Nilo, patriarca griego, escribía al obispo de Roma: “Si porque Pedro murió en Roma cuentas como grande la Sede de Roma, Jerusalén sería mucho mayor habiéndose verificado allí la muerte vivificadora de nuestro Salvador.
Otro testimonio digno de interés son las palabras del propio san Gregorio I.
Habiendo querido el patriarca de Constantinopla adornarse con el título de obispo universal, le escribió el de Roma:
“Ninguno de mis predecesores ha consentido llevar este título profano, porque cuando un patriarca se abroga a sí mismo el nombre de universal, el título de patriarca sufre descrédito. Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título que cause descrédito a sus hermanos Y en sus cartas al emperador, dice: “Confiadamente confirmo que cualquiera que se llama Obispo Universal, es precursor del anticristo”.
Otra prueba concluyente de que los primeros obispos de Roma no eran reconocidos sino como obispos de especial dignidad, y no como pontífices infalibles de la iglesia, lo prueba el hecho de que tantos concilios se celebrasen sin ser convocados ni presididos por ellos, frecuentemente aún en oposición a los deseos del obispo de Roma. ¿Quién ignora que el gran Osio, obispo de Córdoba, fue quien presidió el gran concilio ecuménico de Nicea y redactó sus cánones? El mismo Osio, presidiendo después el concilio de Sárdica, excluyó al enviado de Julio, obispo de Roma. ¿Se quiere mayor prueba de la independencia con que obraban los grandes cristianos del siglo IV con respecto al obispo de Roma?
La primera noticia que la historia nos ofrece sobre disciplina eclesiástica de la Iglesia en España es una negación de las pretensiones del pontífice romano. He aquí la auténtica historia:
Basídiles y Marcial, obispos de León-Astorga y de Mérida, habían claudicado durante la persecución de Galo, apostatando públicamente del cristianismo en el año 254. Por estas y otras faltas fueron depuestos de sus cargos por sus iglesias. Una vez cesó la persecución, éstas nombraron para sustituirles a Sabino y Félix. Basídiles se había mostrado arrepentido al principio, y aún había rogado que se le administrase en la iglesia como simple laico; pero cuando fueron nombrados sus sucesores, tanto él como Marcial rehusaron someterse; y Basídiles marchó a Roma a referir el caso al obispo de la capital del Imperio, que se llamaba Esteban, quien abrazó su causa y escribió a las referidas iglesias para que admitiesen a sus antiguos pastores. Pero las iglesias, en lugar de obedecer la orden del patriarca de Roma, escribieron a otro patriarca, a Cipriano, obispo de Cartago. Este convocó un concilio de 36 obispos, y después de examinado el asunto aseguraron a las iglesias españolas que la destitución y nueva elección de pastores había sido hecha conforme a la costumbre de las iglesias cristianas y según la voluntad de Dios; que debían desatender la injerencia de Esteban, obispo de Roma, quien, sin duda, había sido mal informado por Basífilides, y que tanto este como Marcial sólo podían ser recibidos de nuevo en la iglesia como penitentes.
¿Habríase atrevido a tomar esta decisión y a dar semejante consejo el piadosísimo san Cipriano si él creyera, como los católicos de hoy, que el obispo de Roma era el sucesor de san Pedro, elegido por Dios para gobernar la Iglesia?.
¿Que les parece a nuestros lectores católicos? ¿Creía el padre de la Iglesia san Cipriano en la infalibilidad del obispo de Roma o no? Y así es el caso de otros padres, incluyendo el propio san Agustín, piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia cristiana, siendo secretario del concilio de Melive, escribió, entre los decretos de ésta venerable asamblea: “Todo fiel u obispo que apelase a los de otra parte del mar, no será admitido a la comunión por ninguno en las iglesias de África.
Datos sacados de: A las fuentes del cristianismo, de Samuel Vila, última edición 1976, depósito legal: B. 53.785.
Cecilio García Fernández
No hay comentarios:
Publicar un comentario